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9.2.09

JUEZ DREDD - RELATO - ALEXIS BRITO - 2ª PARTE


Primera parte aquí.

3


UNDERCITY
Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó detrás de su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado el equipo de la jornada anterior como refuerzo. El Juez apretó los labios, prefería trabajar solo, sus camaradas eran un estorbo. Hershey pareció adivinar sus pensamientos.

—¿Disfrutas con la compañía, Dredd?

Éste no se molestó en responder.

—Tened los ojos bien abiertos —rezongó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.


Involuntariamente, acarició la culata de la pistola y estudió la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios deteriorados, neones destruidos, vehículos desmantelados y parques moribundos. Después de la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York, las tasas de delincuencia, paro, enfermedades y pobreza habían llegado a un límite insoportable; fue preferible hacer borrón y cuenta nueva. A kilómetros de altura, encima de una capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba que debajo de la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.


Uno de los novatos preguntó.

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno:

—Evitando las preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —admitió Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló.

—Intuición.

Wagner tomó el relevo de su camarada.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió en su dirección.

—¡Cierre el pico, novato!


Dredd escogió la calle 42. Los faros de la motocicleta alumbraron los rascacielos cancerosos mientras pasaba la plaza Times Square y enfilaba la Avenida Broadway. Sus compañeros lo siguieron sin decir nada, la fama irascible de Dredd era legendaria en el departamento, no les quedaba más remedio que obedecer a su superior, por poco ortodoxos que fueran sus métodos. Hershey añadió:

—El radar indica movimiento al norte, Dredd.

Éste asintió.

—Ya lo sé.


Preocupado, Dredd recordó la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Esperaba que la información que el carterista le había proporcionado fuera verídica.


—Hola, Dredd.

El Juez fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una brizna de polvo imaginario de su Versace de cremalleras.

—Esto no será tan fácil, Dredd.

Este le agarró por las solapas, impaciente.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos en son de paz.

—¡Tranquilo, JD! —instó—. ¡Estás demasiado tenso!

Dredd gruñó.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo tú también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He escuchado rumores...

—¡Escúpelos!

Max se arregló las puntas del bigote.

—Los mendigos de Undercity están acojonados.

—¿Por qué?

—Hablan de una criatura diabólica, de un devorador de almas y no sé cuantas chorradas más... ¿Podría ser tu hombre?

El Juez se acarició la mandíbula cuadrada.

—¿Estás seguro de lo que dices, Max?

Normal se encogió de hombros.

—Al principio pasé del tema. Pensé que se trataba de una Leyenda Urbana. Pero cuando dijiste lo de “un demonio salido del Infierno” recapacité. Es posible que algo de toda esta historia de miedo sea verdad.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa —argumentó—. ¿Por dónde puedo empezar?

Max jugueteó con su bastón de plata y ébano.

—Prueba en Times Square.

—¿Estás seguro?

—Es la mejor opción de todas.

El Juez subió a la “Ley Maestra”.

—Como me hayas mentido volveré a buscarte, Max.

Normal agitó una mano, indiferente:

—Ya me conozco el patio, JD. Código 189: Engañar a un Juez. Cinco años en el “Cubo”.

Dredd ladeó la cabeza:

—Te equivocas, Max, ahora son veinte años.

Max no se dio por aludido.

—Suerte, Dredd.

Como era lógico, no deseaba darle explicaciones a nadie; le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para encontrar la pista del Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a bajar a las catacumbas de la ciudad, tuvo que recurrir al reglamento, de lo contrario nunca los hubiera convencido. Los tiempos cambiaban vertiginosamente, los Jueces de su promoción desaparecieron hacía años, ahora las calles estaban llenas de advenedizos recién licenciados; lo ideal para que la Orden se viniera abajo, derrumbada por la incompetencia de sus nuevos soldados. Dredd sacudió la cabeza, no debía perder el tiempo con aquellos pensamientos; la misión encargada por el Juez Supremo era prioritaria, el resto carecía de sentido.


Al doblar la esquina, una visión de pesadilla apretó sus entrañas: un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con expresiones angustiadas en los rostros desencajados, aniquilados de la manera más horrible posible. Un espasmo de rabia recorrió sus miembros, mataría a Muerte fuera como fuera, aquello era algo personal, sobreviviría el mejor de ambos. Hershey detuvo la motocicleta.

—¡Drokk! —musitó—. Muerte ha perdido la cabeza.

Los novatos palidecieron.

—Vigilad vuestra espalda —indicó Dredd—. Nuestro objetivo puede estar en cualquier parte.

Indiferente, echó una mirada superficial a los cuerpos: eran los desechos que habitaban debajo de Mega-City Uno, nadie los extrañaría. El Juez Oscuro había realizado una buena limpieza. La “Ley Maestra” anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

De inmediato, el cuarteto se lanzó hacia delante y descargó las ametralladoras pesadas contra su oponente. Muerte brincó desde un apartamento vacío y esquivó los proyectiles de plasma. Las detonaciones pasaron por encima de su cabeza y destrozaron la fachada del edificio.

—He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró el Juez Oscuro—. La Ley ddde la Muerte...

Los novatos perdieron el control de sus actos.

—¡Cuidado! —gritó Dredd—. ¡No permitáis que os toque!

Fue demasiado tarde, la diestra de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrebatándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

El Juez descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica del Departamento.

—¡Cubridme! —ordenó—. ¡Lo enviaré al Infierno!

Sus compañeros utilizaron balas incendiarias, una pared de fuego encerró a Muerte y lo aisló dentro de un círculo letal. Muerte bramó:

—¡Acabaré con vosotross! —amenazó—. ¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd apretó el gatillo, una esfera plateada surgió del cañón del arma y golpeó al Juez Oscuro, abriendo una puerta que conectaba con la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! —vociferó Dredd—. ¡Rápido!

Una corriente de aire lo impulsó hacia su oponente, arrastrándolo al vórtice del tornado con una fuerza centrifugadora irresistible. Hershey perdió el equilibrio y su cuerpo salió despedido del vehículo, deslizándose sobre la acera barrida por el viento.

—¡JD! —suplicó—. ¡Ayúdame!

Wagner sufrió el mismo destino que su compañera: su anatomía voló de la motocicleta y aterrizó a los pies del Juez Muerte. El novato levantó las manos, un grito estremecedor fue su epitafio, antes que su enemigo lo tomara entre sus corruptos brazos. Dredd sacó el Legislador de la funda, sólo tenía una oportunidad, si fallaba su némesis terminaría con todos.

—Granada.

La explosión precipitó al Juez Oscuro dentro del portal. Su figura se desvaneció en la oscuridad a cámara lenta, desapareció del mundo real y se convirtió en un diminuto punto que clamaba desde la lejanía:

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!...

Dredd volvió a disparar: el estampido selló la puerta del inframundo de donde procedía la criatura. Un apestoso olor a azufre flotó en el aire durante unos segundos, después la niebla azulada se difuminó: la Ley había vencido. Con cierta brusquedad, auxilió a la mujer a ponerse en pie.

—Todo ha terminado, Juez Hershey.

Su camarada observó los cuerpos inertes de los novatos.

—Una pena —lamentó—. Ni siquiera se habían graduado.

Dredd fue implacable:

—Sabían a lo que se atenían —respondió—. Han muerto por una causa justa.

Su compañera se colocó el casco, hastiada.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

El Juez Dredd enfundó la pistola.

—Lo único que me importa es la Ley.

FIN

Alexis Brito Delgado




BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

7.2.09

JUEZ DREDD - RELATO - ALEXIS BRITO - 1ª PARTE

NÉMESIS


However much it hurts

However much it takes

Believe and all your dreams will all come true

However hard it gets

However much it aches

Always believe in me

As I believe in you...


The Cure

1

SECTOR 44


La “Ley Maestra” descendió el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor rugió, mientras el vehículo recorría la plataforma que se perdía entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los Bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las 600 plantas del Museo Mega City se recortaban bajo el cielo ensombrecido. Dredd apretó el acelerador. A su diestra, un panel retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de los jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo de juego no le interesaban en absoluto.


Anochecía, La Fiebre de la Noche del Domingo llegaba a su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razzias y millones de incidentes más, que serían el preludio de una semana colmada de delitos. Dredd estaba preparado para afrontar cualquier crimen. La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:


Arrestos de Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores: 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención, todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca, posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades...


Dredd recordó los datos aprendidos en la academia. Sector 44. Apodo: El centro. Superficie: 32. 000 km2. Habitantes: 50.000.000. Densidad de Población: 156.000 personas por km2. Niveles: 100. La Hora Feliz (tal como la definían los Jueces) había llegado: era el momento de volver a casa, olvidar la jornada, y tomar un merecido descanso. La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo, pero aquella calma no le gustaba, intuía que tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.


Dredd llevaba 48 horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia continuaba de servicio. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En aquel instante, se encontraba fresco, atento y relajado: su cuerpo demandaba acción. Control hizo una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez contestó secamente:

—Recibido.


La “Ley Maestra” giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció y ocupó su campo visual. Metódico, el Juez revisó la información de que disponía: una pantalla iluminó el tablero de mandos del vehículo.


Sujeto: James Reed.

Nacido: 3 de Septiembre del 2074. Mega-City Dos.

Edad: 36.

Estatura: 178 cm.

Peso: 85 Kg.

Características distintivas: Numerosas.

Intervenciones biónicas:

2.097: Trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo.

2.101: Injerto toma de datos en la mejilla derecha.

2.106: Brazo izquierdo, sustitución robótica.

Profesión: Programador Informático.

Dirección: Apt. 4.567B. Bloque Elvis Presley.

Diez minutos más tarde, Dredd aparcó fuera del edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación que ascendía por la carretera aglomerada. De inmediato, llamó al departamento; no tenía tiempo de ocuparse de aquella cuestión personalmente.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado delante del Bloque Elvis Presley. Matrícula: 3.478. Violación Código 88. Seis meses de rehabilitación en el “Cubo” para su propietario.

Control respondió:

—De acuerdo, Dredd.

Con grandes pasos, penetró en el lujoso hall del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del Siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes. Dredd torció los labios. El uniforme negro de los Jueces se amoldaba a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. Sobre el muslo derecho, su Legislador destellaba en la funda de cuero, preparado para ser utilizado en cualquier momento. Un recepcionista lo abordó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba de miedo ante su presencia.

—En su vivienda, apartamento 4.56...

El Juez lo interrumpió.

—Gracias por su colaboración, Ciudadano.


Rápidamente, se aproximó al ascensor más próximo, oscilando los hombros con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115. Al llegar arriba, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo pintado de color azul se perdía de izquierda a derecha. Dredd eligió la primera opción, sus botas quebraron la quietud de la noche y levantaron ecos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, el rascacielos estaba demasiado silencioso, aquello no era normal, menos cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión. Dredd dudó, su sexto sentido nunca fallaba, tentado en pedir refuerzos. El orgullo se lo impidió, resolvería el caso solo; un suicida no era nada para un Juez de su categoría. Estaba delante del apartamento. De una patada, arrancó la puerta de los goznes, irrumpiendo en la vivienda con el índice en el gatillo del arma. Su exclamación hizo temblar las paredes:

—¡Alto en Nombre de la Ley!



2


JUEZ MUERTE

Dredd recorrió su entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía en pie sobre la cornisa de cemento: el viento agitaba sus cabellos rubios.

—¡James Reed! —bramó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido, y contestó con voz lastimera:

—No se acerque, Juez Dredd.

Dredd atravesó el salón, sin dejar de apuntar a su objetivo, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato si no quiere terminar en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo apunto de caer al escuchar el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

El Juez decidió seguirle el juego, debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Su objetivo vaciló durante unos segundos.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque El Juez Muerte me lo ha dicho!


Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd: una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó a un lado, esquivando el ataque enemigo. Una sombra alargada cubrió la estancia y absorbió la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas, y la placa con forma de calavera. El hedor a carne podrida lo mareó y una arcada recorrió su estómago; jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente. La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

—Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin producirle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd dispuesto a absorber su energía vital.

—No puedesss matarme, Dredd.

Éste retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte sorteó el proyectil. La detonación prendió la pared, las llamas se propagaron y levantaron una cortina dorado- rrojiza. La alarma antiincendios empezó a ulular.

—Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—.

Eress culpable de infringir mi Jussticia...

Los dientes de Dredd chirriaron.

—¡Hablas demasiado, perro!

Dredd intentó abatirlo, pero su oponente se movió con diabólica rapidez, propinándole un manotazo que le quitó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo haciendo pedazos una mesa de cristal. El aliento vomitivo de su enemigo llenó sus fosas nasales. Trozos de vidrio se clavaron en su espalda. La frialdad de la Otra Dimensión penetró en sus entrañas. Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal de la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó, el fuego lo desorientaba, inmune al dolor o al sufrimiento. Dredd aprovechó la oportunidad. Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario: la rejilla del casco quedó aplastada contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes mortales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula. Muerte retrocedió ante la violencia de las embestidas, furioso, con los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos:

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue terrible. Muerte atravesó la pared y se estalló contra el pasillo, abriendo un boquete; pedazos de yeso llovieron sobre su figura. Dredd se volvió, traspasó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, Ciudadano.

Su objetivo tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor...

Dredd no tenía tiempo de escucharlo. A empujones, sacó a Reed de la vivienda, evitando las llamas en el último segundo. Luego, arrojó a su objetivo a un lado y buscó a Muerte con el Legislador alzado. Su adversario había desaparecido sin dejar rastro.


Tres compañeros aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Éste enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado acabar conmigo.

El trío se agitó.

—¡Mierda! —gruño Hershey—. ¡Lo que nos faltaba!

Dredd inquirió con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le resultaba molesto.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su actitud no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —preguntó—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

La mujer no se molestó en ocultar su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no prestó atención a su compañera.

—¡Levántese, Reed!

Su objetivo se incorporó.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico:

—Le ha tocado el diez, amigo.

El hombre se estremeció.

—¿Diez años? —gimió—. ¿Por qué?

La poderosa figura del Juez cubrió a Reed.

—Código 145: Colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Su objetivo no dudó un instante.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida capaz de helar la sangre en las venas.

—Sabía que diría eso.

Hizo una señal a los novatos.

—¡Leváoslo!




Alexis Brito Delgado

Continuará...

BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

1.2.09

RELATOS: BATMAN - EMPIRE STATE


Autor: Diego Palacios Marxuach

La vida es dura. Dura y complicada. La mitad del tiempo te la pasas trabajando en una empresa de mala muerte, (siempre que tengas la suerte de trabajar), cobrando un sueldo miserable que a duras penas te sirve para cubrir el alquiler e ir tirando. Cero lujos en nuestro caso. Ni Emma ni yo podemos permitirnos ir al cine o salir a cenar fuera o irnos de vacaciones. Tan solo en ocasiones muy muy contadas "invertimos" en ilusión y jugamos cinco cupones de lotería. La última vez, decidimos no volver a jugar. Lo decidimos no por el sacrificio monetario, sino porque era mucha la ilusión depositada que acababa rota. El dinero tirado y largamente ahorrado esperando conseguir a cambio montañas de más dinero no dolía tanto como la frustración de los castillos en el aire venidos abajo en breves minutos. Por eso nos resignamos a no volver a jugar más. Era muy duro ver a Emma, mi vida, mi esposa, disimulando la decepción, conteniendo lágrimas de amargura para volver a nuestra gris y rutinaria vida.

Pero eso fue la última vez... La siguiente... ¡nos tocó! Cincuenta millones de dólares. Cincuenta millones de dólares y cincuenta millones menos de preocupaciones. Adiós a las privaciones, adiós al trabajo mal pagado, mal considerado y peor agradecido; adiós al alquiler, la luz, el gas... hola casa en zona residencial; adiós madrugones y ropa vieja y remendada, adiós a cenar las sobras de la comida; hola Lacoste, Armani, Dolce & Gabanna... y ¡hola, hola, hola, vida nueva!

Lo primero que Emma y yo hicimos, después obviamente de comprar la casa, un coche, la ropa, relojes y joyas, fue contratar un viaje a Nueva York. Ya, ya sé. Puede que no sea la gran escapada, pero era una de las mayores ilusiones de Emma y desde que vimos en la tele "Tú y yo", con Cary Grant y Deborah Kerr, la ilusión de subir algún día al Empire State se acrecentó tanto que se convirtió en obsesión, así que qué mejor momento que este.

Nunca habíamos visto tal bullicio de gente. Todo el mundo iba como loco a lo suyo, con prisas, buscando taxis, mirando el reloj, hablando por el móvil... Nada que ver con la tranquilidad de B..., en donde todo era más pequeño, más "familiar". Y nosotros ahí, en medio de todo el maremágnum de gente, parecíamos chinos con el dedo siempre a punto en el disparador de la cámara de fotos.

Por supuesto, visitamos el Empire State, subimos todo lo alto que nos dejaron, que no fue todo lo que queríamos, y gastamos carrete y medio haciendo fotos desde todos los ángulos, haciéndonoslas a nosotros y pidiendo a la gente que también nos hiciera. En esos momentos el mundo se nos hacía pequeño y además era nuestro.

Visitamos más lugares famosos, por supuesto (ya he dicho que parecíamos y actuábamos como los típicos turistas), pero a mí, lo que me impactó por encima de cualquier monumento, fue lo que nos sucedió de vuelta al hotel.

Era ya tarde, sobre las once menos cuarto de la noche, y nos habíamos perdido. En el mapa, al que habíamos estado haciendo caso todo el día, no aparecía nada de lo que estábamos viendo. Los edificios parecían antiguos, pero era sólo eso, apariencia. Se veía que eran modernos aunque de aspecto gótico. Dimos vueltas y más vueltas al mapa, pero no conseguíamos nada. Un coche de policía apareció de la nada, con las luces y las sirenas encendidas y desapareció de nuestra vista. Pude fijarme en las iniciales que portaba en el lateral: "GCPD". ¿GCPD? ¡Qué raro!, pensé. Debería llevar las siglas NYPD, Departamento de Policía de Nueva York. Recuerdo también que me invadió un ligero temor. No me gustaban esas calles y se lo dije a Emma.

- A mí tampoco. Si vemos un taxi lo cogemos y que nos lleve al hotel - me contestó.

Seguimos caminando mirando alternativamente al mapa, a la calle y buscando un taxi.

Pasamos delante de un callejón mal iluminado, pero lo que vi fue lo que me hizo agarrar del brazo a Emma para que ella también lo viera: había un hombre de espaldas, en cuclillas, con un abrigo bueno (muy bueno, se notaba) dejando algo en el suelo. Al levantarse pudimos atisbar dos rosas en el pavimento. El misterioso hombre se dio la vuelta y dirigió sus pasos hacia nosotros. Era alto, de constitución atlética, pero su semblante era triste y taciturno. Pareció no haberse dado cuenta de nuestra presencia, así que le abordé:

-Disculpe, señor. ¿Puede ayudarnos?

-¿Si?

-Verá, estamos buscando el Hotel Ambassador y no hay forma de encontrarlo en este mapa.

-¿El Ambassador?

-Sí.

-Ese hotel está en Nueva York.

-Sí, claro, por eso lo estamos buscando.

-Entonces deberían buscarlo en Nueva York.

-¿Pero qué dice? Ya estamos en Nueva York.

- No, señores, ustedes no están en Nueva York.

-¿Ah, no? ¿Y donde estamos entonces?

-En Gotham.

-¿Gotham? ¿Está usted loco? Gotham no existe, es una ciudad ficticia.

-Créanme que a menudo deseo que así fuera.

Y diciendo esto, se despidió de nosotros y le vimos subir a una limusina en la que le esperaba un hombre de edad ya algo avanzada.




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BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

29.1.09

CONAN: LA DISCIPLINA DEL ACERO ACTUALIZACIONES CLUB BATMAN WEB

En la sección Batman Tales de la web puedes encontar un nuevo relato realizado por Alexis Brito inspirado en Conan el Bárbaro.

El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

Nietzsche


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BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

25.1.09

RELATO BATMAN POR ALEXIS BRITO DELGADO


En esta historia Alexis Brito hace suyo el personaje de Batman en su época de El regreso del Caballero Oscuro. Un Batman más siniestro que nunca.

Un Batman que ya no es joven.
Un Batman que ha estado oculto durante la última década.
Un Batman que lleva cuarenta años atormentado, viviendo con su pesar.
Un Batman... capaz de matar.

EL FIN ES EL COMIENZO DEL FIN

The sewers belch me up
The heavens spit me out
From ethers tragic I am born again
And now I'm with you now
Inside your world of wow
To move in desires made of deadly pretends
Till the end times begin…

THE SMASHING PUMPKINS


VESPERTILLO


Gotham, con su esplendor y decadencia, se extendía hasta el horizonte, iluminada por luces eléctricas que convertían los rascacielos, fábricas, torres, refinerías y bloques de oficinas, en brillantes microchips. El Caballero Negro recorrió la azotea, ignoró la pesada lluvia que golpeaba su cuerpo y saltó entre dos edificios. Abajo, a un kilómetro de distancia, en la calle aglomerada, los vehículos de la policía cortaban la circulación en un radio de varias manzanas. Durante un segundo, su figura se recortó en el aire, los pliegues de la capa remolinearon alrededor de su cuerpo, antes de aterrizar sin emitir sonido alguno. Con precisión matemática, sacó la pistola del cinturón, apuntó a una cornisa de aspecto sólido y apretó el gatillo del arma. El arpón traspasó el saliente de un lado a otro. Batman comprobó la firmeza del amarre: todo estaba bajo control. Se balanceó treinta metros, llegó a un balcón oxidado, ascendió por una escalera de emergencia y trepó al tejado del apartamento: había llegado a su objetivo. Un relámpago destelló en la oscuridad, rasgó la madrugada, e iluminó su poderosa figura. La voz del comisario James Gordon llegó débilmente a sus oídos desvirtuada por la lejanía.
—¡Quedan todos detenidos! —ordenó—. ¡Salgan con las manos en alto y nadie resultará herido!
El Señor de la Noche encajó los dientes, Gordon cometía un error, intentar razonar con los Mutantes era una pérdida de tiempo, estos sólo entendían el lenguaje del miedo. Metódico, revisó mentalmente el contenido de su cinturón multiusos: explosivos plásticos, ganzúas, ampollas de gas nervioso, cables, batarangs, analgésicos, bombas de humo, lásers y proyectiles de urolito. Todo estaba en su sitio, actuar cuanto antes era una prioridad fundamental. Un calambre recorrió sus hombros, la subida empezaba a pasarle factura, mañana le dolerían todos los músculos del cuerpo. De inmediato, relegó el malestar que le suponían sus miembros magullados a un segundo plano, tenía cosas más importantes por las que preocuparse, vidas inocentes dependían de sus acciones. Se detuvo un momento para recuperar el aliento, maldijo el peso de la edad e inspiró una profunda bocanada de aire. Con rapidez, se aproximó a la claraboya y a través de los cristales sucios, estudió a sus enemigos: cuatro Mutantes aferraban armas de calibre pesado bajo su posición. Batman ajustó el neurotransmisor en su oreja. Uno de ellos dijo nervioso:
—¡Tenemos que pirarnos ya, Rob!
El gigante de dos metros de altura gruñó:
—¡Cierra la boca, capullo!
Instintivamente, analizó al que parecía el jefe del grupo: ropas de cuero, cabeza afeitada, gafas espejo y botas militares. Su anatomía estaba modificada por injertos musculares artificiales, podría matar a cualquiera de un puñetazo, un detalle a tener en cuenta en caso de librar una lucha cuerpo a cuerpo. Él tendría que utilizar sus trucos para vencerle, Rob debía ser el primero en caer, los demás perderían el control al ver a su cabecilla derrotado. Otro Mutante intervino:
—Tim tiene razón —instó—. La bofia entrará de un momento a otro.
Rob masculló:
—Nadie se moverá de aquí hasta que yo lo ordene, ¿entendido?
El joven situado a su izquierda le dio la razón:
—¡Acabaremos con esos perros! —gritó—. ¡Nos los llevaremos por delante!
El último, entusiasmado, vociferó el lema de la banda:
—¡Rajar y picar! ¡Rajar y picar!
El Caballero Oscuro sacó el cable del cinturón y lo trabó en el centro del armazón del tragaluz. ¿Dónde estaría la monja que habían secuestrado? Entornó los ojos bajo la máscara, molesto por la tormenta incesante, sin conseguir localizarla por ninguna parte. Después del manto de calor, opresivo y aniquilador que arrasó Gotham durante las últimas semanas, la lluvia no le proporcionaba ningún alivio. Llevaba demasiados años encerrado en la Mansión Wayne, intentando borrar el pasado que lo atormentaba. Batman sacudió la cabeza y apartó sus remordimientos. No valía la pena arrepentirse de sus actos, lo sabía por experiencia propia, pero ello no lo auxiliaba a olvidar que la ciudad había sufrido durante su ausencia. Tenía diez minutos antes de que la policía irrumpiera en la vivienda, tiempo más que suficiente para ocuparse de sus enemigos y desaparecer. La orden de busca y captura del Alcalde continuaba en pie, su amistad con Jim Gordon no serviría de nada si era apresado. En lo alto del bloque, ante las Torres Gemelas de Gotham, una sensación de orgullo, de poder sin límites, invadió su interior y calmó las pesadillas que desvelaban sus noches. Su silueta se precipitó hacia delante. La claraboya estalló en mil pedazos, fragmentos de cristal llovieron en todas las direcciones y un bramido de terror inundó las gargantas de los Mutantes.



BARBASTELLA

... mientras se desplomaba en el vacío, la sorpresa le cerró las cuerdas vocales y ahogó su chillido de pánico. Durante unos segundos, Bruce tuvo la impresión de que la caída sería eterna, hasta que chocó contra el suelo con brusquedad. Conmocionado, levantó la cabeza. Un gemido de dolor escapó de sus labios, le ardía la pierna derecha, puede que estuviera rota. Entonces, fue consciente de la negrura que lo envolvía como un manto horripilante. Su corazón comenzó a latir descompasadamente, una sensación de desamparo arañó su corteza craneal y quebró sus nervios a flor de piel. Bruce tembló de miedo y de frío. La cueva parecía interminable, llena de fantasmas intangibles, de malos presagios imposibles de definir. Tosió, asfixiado por el hedor penetrante, una mezcla de siglos de humedad, vegetación muerta y putrefacción. Un sonido impreciso llegó a sus oídos. Su alma se encogió, no estaba solo, algo lo acechaba entre las tinieblas. Las sombras se rompieron. Una docena de murciélagos levantó el vuelo, el aleteo de los animales lo obligó a gritar de terror, mientras chocaban contra su cuerpo. Involuntariamente, Bruce se llevó las manos al rostro, intentando protegerse de las bestias que su caída había alarmado. Segundos más tarde, estaba solo, los animales desaparecieron. Con lentitud, unos ojos enrojecidos se aproximaron a su persona y llenaron sus sentidos. Hipnotizado, fue incapaz de retroceder, la bestia era un ser puro, hermoso y letal, que cruzaba la oscuridad consciente de su propia grandeza. Algo se desgarró en su interior y llevó sus emociones a un punto límite: el murciélago lo había poseído para siempre...


MYOTIS

El Señor de la Noche tomó tierra. Una cápsula de humo chocó contra el suelo y expandió su contenido dentro de la estancia. Rob levantó el arma, el cañón de la ametralladora apuntó a Batman, dispuesto a enviarle una rociada de trazadoras de mercurio. Velozmente, un batarang surcó la habitación y se clavó en la mano de su oponente. El Mutante berreó de dolor, tenía la palma atravesada, la sangre salpicó la pared situada a su espalda. De un salto, el Caballero Oscuro esquivó una andanada de proyectiles y rodó por la habitación: la humareda gris impedía que sus adversarios lo localizaran. Al instante, derribó a un Mutante de una patada, el golpe estuvo apunto de romperle la columna vertebral. El joven se derrumbó de bruces y vomitó la comida que llevaba en el estómago. Batman se refugió en la oscuridad reconfortante, protectora, que lo ayudaba a atemorizar a sus enemigos. Rob bramó con los ojos llenos de lágrimas:
—¡Te mataré! —prometió—. ¡Lo juro por Dios!
El Señor de la Noche respondió con voz ronca:
—¡Adelante, bastardo!
El Mutante corrió en su dirección, enloquecido por la rabia, con la intención de aplastarlo. El Caballero Negro se inclinó en el último instante, hizo palanca con todo su cuerpo y arrojó a Rob por encima de su cabeza. El Mutante abrió un boquete en la pared, el impacto le hizo perder el sentido, de no ser por los implantes musculares tendría el cuello roto. Batman botó hacia atrás, las balas le lamieron las costillas superiores, no pensaba darle una segunda oportunidad a su enemigo. Un proyectil de urolito se hundió en el cuello del hombre que lo atacaba y lo derrumbó, inconsciente, antes de que tocara el suelo. El último oponente giró, soltó la Smith & Wesson y salió disparado hacia la puerta. El Señor de la Noche arrojó un cable, envolvió las piernas del Mutante y le hizo perder el equilibrio. Tim arañó las planchas de madera.
—¡Mamá! —suplicó—. ¡Ayúdame!
Su terror causó placer a Batman.
—Demasiado tarde, cachorro.
Como un animal hambriento, se abalanzó sobre el Mutante, quedó a horcajadas sobre su anatomía y lo obligó a que lo mirara a la cara. Su sombra lo cubrió de un modo amenazador.
Batman
—¿Dónde está la hermana Sarah?
El joven se retorció, inútilmente, intentando escapar.
—No lo sé.
El Caballero Oscuro le golpeó el rostro. Las gafas de cristales semiopacos salieron disparadas al otro extremo de la estancia. Las pupilas del muchacho se dilataron como platos. El traje negro lo sobrecogía de un modo espantoso.
—¡Mientes, gusano!
Tim se orinó encima. Un charco amarillento se formó a la altura de su entrepierna. La vergüenza coloreó sus mejillas de un intenso tono carmesí.
—¡Te digo la verdad, Batman!

El Señor de la Noche sabía que los jóvenes consideraban su existencia un mito. Llevaba una década encerrado en sí mismo, reprimiendo al murciélago durante noches interminables, vencido por pesadillas espeluznantes. El momento había llegado, las nuevas generaciones lo conocerían y lo temerían, ninguno estaría a salvo de su presencia. Su lucha contra el crimen no había terminado: el asesinato de Jason a manos del Joker no sería en vano.

Batman decidió cambiar de táctica.
—¿Quién lo sabe? —rezongó.
El joven señaló al líder de la banda.
—¡Rob! —confesó—. ¡Él lo sabe todo!
El Caballero Oscuro soltó al Mutante.
—Espera a que llegue la policía —ordenó—. Como no me hayas dicho la verdad volveré a por ti, cachorro.
Después de aquella lección esperaba que el muchacho no volviera a meterse en problemas.
—De... de... acuerdo.
Tim abrió los ojos, Batman había desaparecido, llevándose a Rob consigo. La policía echó la puerta abajo. Le aguardaba una temporada entre rejas.
—¡Arriba las manos!



EPTESICUS

Confundido, Bruce contempló las figuras inertes de sus padres, que yacían a sus pies en un charco de sangre. El dolor le impedía respirar, acababa de perder a su familia, ambos habían sido ejecutados con disparos a quemarropa. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y llenaron sus labios con su sabor salado. Bruce alzó los ojos, los sollozos le impedían ver el callejón cubierto de basuras con nitidez: un cartel de La Marca del Zorro colgaba en la pared de enfrente. La imagen de Tyrone Power le dio ganas de vomitar, odiaba aquella película, si no hubiera insistido en ir a verla, sus padres continuarían con vida. Un acceso de culpabilidad lo embargó, no merecía seguir despierto, las balas tenían que haberlo acribillado. Inmóvil, apretó la diestra de Thomas Wayne y buscó un atisbo de consuelo, sin éxito. La mano rígida de su padre se enfriaba por momentos. A un metro, su madre, Martha Wayne, estaba retorcida sobre su propia figura, las perlas de su collar la rodeaban como una lluvia de neón. Poco a poco, el sufrimiento dio paso a un resentimiento abrasador. Detestaba a la humanidad, aborrecía al asqueroso ratero que exterminó a su familia, y sobre todo, se despreciaba a sí mismo con toda su alma. Bruce deseó arrasar la ciudad, destruir la delincuencia que asolaba sus calles y terminar con su patética existencia. Un lamento lo traspasó, estaba mutilado, espiritualmente, nunca volvería a sentirse completo, aquel era el precio que tendría que pagar por haber sobrevivido...


LASIRIUS

El Caballero Oscuro bajó del Batmóvil. El enorme vehículo parecía un tanque, su tamaño superaba el de cualquier coche corriente: ideal para recorrer las calles de Gotham sin ser molestado. Mientras se aproximaba a la nave industrial, pensó que su obsesión lo había hecho vagar por el mundo, buscando el conocimiento, entrenándose con los mejores maestros, para combatir el mal que arruinaba la ciudad. Jamás logró librarse del dolor de perder a sus padres, llevaba cuarenta años queriendo borrarlo, por ello tuvo que refugiarse bajo el manto del murciélago, fue la única manera de darle sentido a su existencia. Algo se retorció en su interior, gruñendo, instando a que diera rienda suelta a sus demonios personales. Batman apretó los puños, debía mantener el control, había estado cerca de liquidar a Rob, no podía permitirse el lujo de jugar sucio a aquellas alturas. El interrogatorio del Mutante regresó a su memoria.

—Tienes dos opciones: por las buenas o por las malas, cachorro.
El Mutante le escupió a la cara.
—¡Vete a tomar por culo!
El Señor de la Noche limpió la saliva de su mejilla.
—¿Sabes dónde estás, Rob?
Rob fue arrogante.
—¡Me importa un huevo!
Una sonrisa macabra llenó los rasgos de Batman. Disfrutaba con la situación, las tinieblas lo acunaban, lo protegían de su propio reflejo, de las contriciones que lo habían transformado en un ser monstruoso. El aislamiento concedía un gran poder, pero como bien sabía, este podía conducirlo a la locura o a la autodestrucción.
—Dentro de poco pasará el tren y te hará pedazos. ¿Vas a decirme dónde está la hermana Sarah?
El Mutante se dio cuenta que estaba atado a las vías del monorraíl de Gotham. Una gota de sudor descendió por su frente. Una corriente de aire helado agitó la capa del Señor de la Noche.
Estaban a gran altura. El terror hizo mella en su insolencia.
—No... No te atreverás...
Batman lo interrumpió, implacable.
—¿Qué me impide eliminar a una basura como tú?
Rob estaba al borde del colapso.
—¡No puedes hacerlo!
Unos faros se dibujaron en la lejanía, el tren se acercaba, en pocos minutos partiría por la mitad al Mutante, sus restos alimentarían a los peces del Puerto de Gotham. El Caballero Negro exclamó, irritado:
—¡Responde!
Le había costado un infierno subir a aquel psicópata hasta el monorraíl. Una punzada de contrariedad le aguijoneó el corazón: ahora todo era mucho más difícil.
—¡La vieja está en las naves industriales del Sector Quinto!
Batman se inclinó sobre Rob. El estruendo del tren estaba sobre sus cabezas. El sudor del joven fue una delicia para su ego.
—Dame más detalles, cachorro...

El Señor de la Noche se detuvo delante de la puerta del almacén. Una gruesa cadena le impedía el paso. Un láser atravesó los eslabones y le permitió entrar. En silencio, subió unos escalones con los cinco sentidos alerta: temía la posibilidad de una trampa. Batman franqueó un pasillo rodeado por maquinaria industrial inutilizada. Más tarde, volvió a ascender otras escaleras, los containeres desmantelados le dieron mala espina. Poco tiempo después, llegó al final de la nave, todo parecía tranquilo, ningún Mutante lo atacaría por la espalda. Un olor familiar impregnó sus fosas nasales, algo no marchaba bien, había llegado demasiado tarde. Durante un segundo, lamentó haber dejado a Rob, atado como una res, en la puerta de la comisaría, vivo.

Tenía que haberlo matado, meditó. No merecía otra cosa.

De inmediato, se avergonzó de sus pensamientos, aquél no era su estilo, la rabia acumulada le hacía olvidar el límite que se impuso décadas atrás. Un viejo recuerdo cruzó su mente.

Con lentitud, unos ojos enrojecidos se aproximaron a su persona y llenaron sus sentidos. Hipnotizado, fue incapaz de retroceder, la bestia era un ser puro, hermoso y letal, que cruzaba la oscuridad consciente de su propia grandeza. Algo se desgarró en su interior y llevó sus emociones a un punto límite: el murciélago lo había poseído para siempre...

El cadáver de la monja apareció detrás de una pila de cajas desordenadas. Su masa cerebral estaba desparramada por los suelos cubiertos de polvo. Temblando, reconoció el calibre del arma: Smith & Wesson 627-V. La misma que había visto en manos de Tim una hora antes. Los remordimientos lo hicieron estremecer.

Un acceso de culpabilidad lo embargó, no merecía seguir despierto, las balas tenían que haberlo acribillado. Inmóvil, apretó la diestra de Thomas Wayne y buscó un atisbo de consuelo, sin éxito. La mano rígida de su padre se enfriaba por momentos. A un metro, su madre, Martha Wayne, estaba retorcida sobre su propia figura: las perlas de su collar la rodeaban como una lluvia de neón...

El Caballero Negro inclinó los hombros, deprimido, había vuelto a fracasar...

FIN

Alexis Brito Delgado, 2008



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17.1.09

BATMAN TALES - RELATO JUEZ DREDD - ACTUALIZACIONES CLUB BATMAN WEB


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15.1.09

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19.12.08

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Para el próximo año estrenamos nueva sección en la web del club donde podréis plasmar vuestra visión particular del Hombre Murciélago, historias que reunan a personajes DC...

La temática con respecto al cómic es libre, con extensión mínima de 3 folios y máxima de 10.
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