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5.8.09

RELATO - EL SEÑOR DE LA NOCHE POR ALEXIS BRITO


El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí porqué se nos escapa el presente.

Gustave Flaubert


1

PESADILLAS

Atormentado, Bruce Wayne se revolvió sobre las sábanas de seda, vencido por las terribles pesadillas que consumían sus noches…

...mientras se desplomaba en el vacío, la sorpresa le cerró las cuerdas vocales y ahogó su chillido de pánico. Durante unos segundos, Bruce tuvo la impresión de que la caída sería eterna, hasta que chocó contra el suelo con brusquedad. Conmocionado, levantó la cabeza. Un gemido de dolor escapó de sus labios, le ardía la pierna derecha; puede que estuviera rota. Entonces, fue consciente de la negrura que lo envolvía como un manto horripilante. Su corazón comenzó a latir descompasadamente, una sensación de desamparo le arañó la corteza craneal y quebró sus nervios a flor de piel. Bruce tembló de miedo y de frío. La cueva parecía interminable, llena de fantasmas intangibles, de malos presagios imposibles de definir. Tosió, asfixiado por el hedor penetrante: una mezcla de siglos de humedad, vegetación muerta y putrefacción. Un sonido impreciso llegó a sus oídos. Su alma se encogió, no estaba solo, algo lo acechaba en las tinieblas. Las sombras se rompieron. Una docena de murciélagos levantó el vuelo, el aleteo de los animales lo obligó a gritar de terror, mientras chocaban contra su cuerpo. Involuntariamente, Bruce se llevó las manos al rostro, intentando protegerse de las bestias que su caída había alarmado. Segundos más tarde, estaba solo, los animales desaparecieron. Con lentitud, unos ojos enrojecidos se aproximaron, llenando sus sentidos. Hipnotizado, fue incapaz de retroceder, la bestia era un ser puro, hermoso y letal, que cruzaba la oscuridad consciente de su propia grandeza. Algo se desgarró en su interior y llevó sus emociones a un punto límite: el murciélago lo había poseído para siempre...

Sobresaltado, Bruce abrió los párpados, ahogando a duras penas un bramido de pánico. Durante un minuto angustioso, fue incapaz de reconocer su propia estancia; la pesadilla había sido demasiado real. Lentamente, recuperó la cordura, intentado serenar los violentos latidos de su corazón. Lágrimas candentes le descendieron por las mejillas hasta llegarle a los labios: sabía que el llanto no podría proporcionarle la paz de espíritu que necesitaba.

—Ya no puedo más… —susurró mientras limpiaba el llanto con el envés de la mano—. Estoy harto de sufrir por lo que no tiene remedio…

A su memoria regresaron las imágenes tenebrosas del sueño: nunca podría olvidar el día de descubrió la cueva. Con un estremecimiento, intentó borrar los lienzos del pasado, pero como de costumbre, fracasó estrepitosamente. Furioso consigo mismo, apartó las sábanas empapadas y emergió desnudo de la cama. Su cuerpo poderoso y bien proporcionado, estaba cubierto de sudor de la cabeza a los pies. A trompicones, recorrió la estancia y se aproximó a los ventanales: tuvo la impresión de que el mundo exterior estaba colmado de tinieblas y conflictos como contra los que luchaba a diario. Bruce tragó saliva y apretó los puños hasta que le dolieron los dedos: odiaba reconocer que nunca tuvo la oportunidad de escapar del destino que lo había convertido en lo que era.

Sin desearlo, recordó aquella mañana sucedida tanto tiempo atrás, vencido por una amargura imposible de soportar. Sus padres estaban llenos de vida, tan cariñosos y atentos como de costumbre, mientras corría detrás de un conejo en los exteriores de la Mansión Wayne. De buen humor, Thomas Wayne le dijo que tuviera cuidado, pero Bruce ignoró sus consejos y continuó detrás del animal, sintiendo como el corazón se le salía del pecho por la rápida carrera. Inesperadamente, cuando menos lo esperaba, el suelo se hundió debajo de sus pies, conduciéndolo al interior de los pasadizos subterráneos que desconocía hasta aquel momento. Ahora, después de tantos años, los murciélagos seguían revoloteando en sus noches, impidiéndole conciliar un sueño libre de pesadillas.

Debajo de la ducha, Bruce hundió la frente sobre las paredes blancas, luchando por controlar la rabia inhumana que le retorcía las entrañas. Ausente, observó los moratones y cortes que desfiguraban su anatomía; secuelas de los terribles combates nocturnos que libraba contra la delincuencia de Gotham desde hacía semanas. Encajando los dientes, pasó por alto el dolor de las heridas y frotó los músculos magullados con fuerza. Una frialdad tétrica invadió su interior, proporcionándole la lucidez que necesitaba en aquellos momentos. Tenía una misión que cumplir y no pensaba abandonarla: el murciélago había dado sentido a una vida que despreciaba desde que tenía uso de razón. Aunque la policía estuviera detrás de su pista, poco le importaba saltarse las normas para conseguir sus objetivos; le quedaban años de trabajo por delante para lograr que las calles de la ciudad fueran seguras. Gracias a sus investigaciones, Bruce había descubierto que el departamento policial estaba completamente podrido: obrar por los cauces normales hubiera resultado una pérdida de tiempo. El teniente James Gordon, el mismo hombre que el Alcalde había contratado para capturarlo, era uno de los pocos que no había sucumbido ante la corrupción. Meditabundo, salió de la ducha y se secó con una toalla: si lograba poner a Gordon de su lado todo le sería mucho más fácil. Bruce se puso un albornoz e inspiró una bocanada de aire. No necesitaba comprobar la hora para saber que era el instante de entrar en acción. El manto de la madrugada escondería los traumas que jamás había sido capaz de superar. Antes de abandonar el baño, su mirada tropezó con el espejo incrustado en la pared. La visión de su rostro, sombrío y circunspecto, lo obligó a destrozarlo de un puñetazo. El dolor de los nudillos lo hizo regresar al presente: la noche lo había vuelto a convocar para que combatiera por la justicia. Un reguero carmesí se le deslizó entre los dedos y manchó las baldosas impolutas. Probablemente, aquella sería la primera herida de la larga caza nocturna que le esperaba en breve…


2

LA CUEVA

La cueva era un erial helado e interminable, negro como una mancha de alquitrán, que apestaba a humedad y a heces de murciélago. La gelidez espeluznante que emanaba del lugar lo estremeció: le costaba aceptar aquella temperatura. Los inmensos túneles situados debajo de la Mansión Wayne, que horadaban durante kilómetros las profundidades de la tierra, eran tan vastos que nunca podría examinarlos del todo. A sus oídos llegó el correr del agua por las grietas y depresiones del terreno traicionero; si daba un paso en falso no volvería a ver la luz del sol.

Con movimientos tensos, Bruce descendió unas escaleras talladas en roca viva, disfrutando del aroma acre de los animales que llenaba su entorno. El sonido de las alas membranosas tranquilizó los remordimientos que lo habían obligado a despertar. Poco a poco, recuperó la confianza en sí mismo, experimentando una sensación de poder recorrerle el alma. Aquel era el lugar al que pertenecía. Las cenas benéficas y las subastas eran una mascarada para despistar la atención de los medios sobre su persona. Actuar como un playboy, ridículo y superficial, salvaguardaba la doble vida que había adoptado por una necesidad que escapaba de su entendimiento. Al llegar abajo, contempló las aterradoras dimensiones de la caverna que se desvanecían en la negrura, sintiendo como un escalofrío le erizaba el vello de la nuca. Una corriente de aire frío le arañó el rostro crispado por una expresión torturada: era un milagro que no hubiera perdido la cordura al aterrizar allí cuando tenía seis años. El silencio sepulcral, roto por el aleteo de las bestias, era tan insondable como las contriciones que anidaban en su espíritu.


Bruce tuvo la sensación de que las tinieblas se apoderaban de su personalidad, convirtiéndolo en una criatura temible, digna de las peores pesadillas que el ser humano podía imaginar. A pesar del aspecto desenfadado y jovial que mostraba delante de las cámaras, en su interior, en un lugar recóndito de su espíritu, existía una depresión más oscura que la noche. Nada había logrado curarla, todos los intentos y alternativas fueron vanos, excepto vestir el manto del murciélago. Salir todas las madrugadas, jugándose el cuello contra la escoria de la ciudad, era la única manera que conocía de tranquilizar las obsesiones que lo atormentaban. Bruce rememoró al enorme animal que destrozó la ventana de su estudio un mes atrás. Aquel murciélago le mostró el camino que debía tomar para aterrorizar a sus enemigos. Tanto, que incluso lo desvelaba en sus peores sueños, haciéndolo plantearse el porqué de la miseria que soportaba a diario.


Por mucho que quisiera, no pasaba un día en el que no se sintiese culpable por el asesinato de sus padres; a veces pensaba que aquella losa de plomo sobre su conciencia lo enloquecería tarde o temprano. Joe Chill había aniquilado su vida la noche en que apretó el gatillo, no hubo marcha atrás desde el momento que tiroteó a su familia en aquel inmundo callejón atestado de basuras. Bruce había perdido la inocencia de la manera más traumática que nadie podía concebir. Su alma quedó mutilada para siempre, jamás volvió a ser el mismo; por ello buscaba consuelo en el interior de la caverna cuando los demonios del pasado lo asediaban.


Lentamente, cruzó la cueva en diagonal, en dirección al cubículo donde guardaba el traje. Sus pasos levantaron ecos en las tinieblas que se extendían hasta el infinito. En cierta manera, se encontraba satisfecho entre los muros invisibles de su conciencia; un pobre paliativo para sanar las heridas que atesoraba desde que tenía memoria. Los murciélagos, al percatarse de su presencia, levantaron el vuelo, dándole una especie de nebulosa bienvenida. Bruce inclinó la cabeza con mudo respeto: la compañía de las bestias le resultaba más aceptable que la de sus semejantes. Encajando las mandíbulas, apartó cualquier distracción que pudiera apartarlo de su objetivo: Bruce Wayne era una sombra fugaz que apenas tenía forma propia. Ya no era el Howard Hudges que interpretaba a diario, poco quedaba del individuo que tanto repudiaba. Volvía a encontrarse con su auténtica naturaleza, oscura y letal. Henchido de orgullo, se detuvo delante del uniforme acorazado, contemplando las líneas opacas y atemorizantes delineadas en kevlar. Su mirada recorrió la capucha, la larga capa, el peto y el espaldar, las perneras y las botas; funcionalidad y protección a partes iguales. Gracias al traje, negro y perturbador, lograba camuflarse en la oscuridad y amedrentar a sus enemigos. Dependía de su inteligencia, dotes de detective, entrenamiento físico y pericia en las artes marciales, para derrotar a los criminales de Gotham. Dado que despreciaba las armas, aquella era la única opción que tenía para luchar bajo sus propios términos; sin principios todo estaría condenado al caos absoluto. Bruce se había prometido fervientemente no matar a nadie: si obrara de la misma forma que la escoria que pretendía destruir se pondría a su mismo nivel; la compasión era lo único que lo diferenciaba de ellos. Diez minutos más tarde, equipado y listo para entrar en acción, se aproximó al imponente vehículo que lo esperaba en la entrada de la cueva. A veces, la añoranza que experimentaba por los seres queridos era tan dolorosa que llegaba a odiarlos. Sus padres, al traerlo al mundo, lo condenaron a una existencia insoportable. Nunca podría perdonarles que lo hubiesen abandonado cuando más los necesitaba. Poco restaba de los dilemas que convertían el presente en un abismo: ahora era el Caballero Oscuro.


3

ATRACO

Un horrísono estampido rompió la quietud de la noche y reventó la entrada del banco, haciendo que la calle se llenara de escombros y humo. Rápidamente, varias figuras enmascaradas abandonaban unos vehículos y accedían al interior del recinto, provistas de pistolas y metralletas de gran calibre. Los ladrones sortearon los cascotes y atravesaron el amplio vestíbulo a oscuras, dirigiéndose a la cámara acorazada. La luz mortecina de las linternas iluminó las paredes y suelos blancos, creando sombras chinescas. El líder de la banda, un hombretón ataviado con un mono color gris, ordenó a sus secuaces:

—¡Tenemos quince minutos hasta que llegue la bofia! —exclamó—. ¡Daros prisa, idiotas!

Tres individuos se detuvieron delante de la puerta metálica y soltaron las bolsas en el suelo. Uno de ellos sacó un aparato del interior del bolsillo y lo colocó encima del lector de huellas digitales. En la entrada, cuatro ladrones vigilaban la avenida, ensordecidos por la alarma que habían activado, listos para disparar en cualquier momento. La puerta de acero de 16 toneladas se abrió hacia fuera. Un grito de júbilo escapó de uno de los enmascarados:

—¡No me lo puedo creer! ¡Lo hemos conseguido!

Sin más preámbulos, los ladrones recuperaron las mochilas y accedieron a la cámara, dándose de bruces con una mesa atiborrada de fajos de billetes de mil dólares. Cegados por la avaricia, contemplaron el dinero con los ojos abiertos como platos, incapaces de creer en su suerte. El individuo que había abierto la puerta gruñó:

—¿A qué demonios esperáis? ¡No tenemos toda la noche! ¡Moveros de una vez!

El trío se abalanzó sobre la fortuna y empezó a depositarla dentro de las bolsas. El sonido de las respiraciones ansiosas se mezcló con el de los miembros en movimiento. El jefe del grupo comprobó el reloj de pulsera y apretó la culata de la Magnum 45 que llevaba en la diestra.

—¡Nos quedan cinco minutos! —exhortó a los hombres que desvalijaban la cámara—. ¡Tenemos que largarnos ya!

Una corriente de aire helado recorrió el banco. Sin poder evitarlo, los ladrones sufrieron un estremecimiento de miedo; algo no marchaba bien y lo sabían. Dentro de la cámara acorazada, los enmascarados se inmovilizaron durante unos instantes, sintiendo como se les secaba la boca. Una sombra tenebrosa y alargada cubrió la puerta, apagando el resplandor de las linternas. El pánico irracional les congeló la sangre en las venas: todos habían oído los rumores que recorrían los bajos fondos de la ciudad; historias sobre una criatura demoniaca y fantasmagórica que atacaba a los delincuentes en las tinieblas de la noche. Asustado, uno de ellos levantó la ametralladora, dispuesto a vaciar el cargador. Un clamor escapó de sus labios, algo le había golpeado la mano, produciéndole un dolor inesperado y punzante. Los otros, al escuchar el bramido de su compañero, apretaron los gatillos de las armas, desencadenado una tormenta de plomo hacia el exterior de la cámara. Los casquillos vacíos chocaban contra el suelo de hormigón armado y una nube de pólvora se elevó en el aire. El silencio se transformó en un manto angustioso, intolerable.

—¿Por qué gritaste? —farfulló el más alto de ellos—. ¿Qué coño está pasando aquí?

Gruñendo, el herido arrancó el objeto metálico que le traspasaba la zurda de parte a parte, estremecido por grandes sufrimientos.

—¡No lo sé! —profirió—. ¡Me duele la mano, joder!

La sombra horripilante irrumpió entre los ladrones y los golpeó con violencia. El hombre que había abierto la cámara retrocedió a trompicones, buscando refugio, con el corazón en la garganta. Aterrorizado, intentó sustituir el tambor de la HK 21, pero las manos le temblaban demasiado para realizar movimiento alguno. A oscuras, escuchó el sonido de los huesos rotos y los juramentos de sus compañeros; era el único que continuaba en pie. Un gemido surgió del fondo de su garganta:

—¡Dios mío! —lloriqueó—. ¡No quiero morir!

Una voz ronca y hosca rasgó sus nervios a flor de piel:

—Demasiado tarde, basura.

El ladrón alcanzó a emitir un alarido estremecedor antes de que la negrura se abalanzara sobre él.

Afuera, en la entrada del banco, al escuchar las detonaciones y los gritos que provenían de la cámara, los enmascarados sintieron como las piernas les flaqueaban. El líder de la banda dio la media vuelta y aulló a los demás:

—¡A la furgoneta! ¡Fuera de aquí!

De inmediato, el resto de los ladrones imitó sus movimientos, lanzándose en una carrera desesperada hacia la calle. Uno de ellos perdió el equilibrio y se desplomó de bruces; algo se había enrollado alrededor de sus tobillos y lo arrastraba hacia la negrura.

—¡Ayudadme! —berreó mientras arañaba el suelo frenéticamente—. ¡Socorro!

El jefe del grupo se volvió con la pistola alzada: sólo alcanzó a contemplar como su compañero se desvanecía en las tinieblas sin dejar rastro. Un sudor frío y pegajoso se deslizó por su espalda y le puso la carne de gallina. Un chasquido seco y brutal silenció los chillidos del ladrón que había desaparecido en el interior del recinto. La mano le temblaba tanto que estuvo a punto de soltar la Magnum 45. La irradiación de la linterna le mostró durante un segundo la imagen de una silueta informe agazapada en los pisos superiores. El hombretón ignoró el destino de su compañero y salió despedido hacia el exterior, sin molestarse en mirar atrás. Velozmente, cruzó la acera y subió al vehículo que lo esperaba con el motor encendido. El conductor apretó el acelerador a fondo, introduciéndose por una callejuela adyacente, chirriando las ruedas. Minutos más tarde, cuando los ánimos del trío comenzaron a tranquilizarse, todos rieron aliviados. El líder de la banda inquirió:

—¿Qué coño fue eso?

Una sirena de la policía se escuchó a varias manzanas de distancia.

—¡No quiero saberlo! —masculló otro—. ¡Hemos escapado por un pelo!

El conductor se quitó la máscara y soltó un suspiro de alivio:

—No había pasado tanto miedo en mi vida —repuso—. Juro por Dios que no volveré a atracar un ban…

Un golpe estremecedor hundió el techo de la furgoneta, haciendo que los ladrones aullaran al unísono, sobresaltados por aquella inesperada sorpresa. El parabrisas quedó a oscuras y les impidió ver la calle. El hombretón disparó al techo del vehículo.

—¡Matadlo! —rugió a la vez que vaciaba el cargador—. ¡Lo tenemos encima de nosotros!

Asustado, el conductor efectuó un volantazo, perdiendo el control de la furgoneta. Ésta derrapó sobre el alquitrán y chocó contra la fachada de un edificio. El impacto reventó el capot del vehículo y resquebrajó el cristal, lanzando a los ladrones sobre el salpicadero. Doloridos y cubiertos de sangre, éstos apretaron las armas y miraron nerviosamente alrededor. La ventanilla del pasajero saltó en pedazos y el jefe del grupo fue arrastrado al exterior…


4

EL SEÑOR DE LA NOCHE

El Caballero Negro soltó el cuerpo del ladrón que acababa de noquear y observó la entrada del banco: el resto de los enmascarados ponía pies en polvorosa. Una ira sorda invadió su interior: no permitiría que aquellos bastardos se salieran con la suya. Como una sombra, recorrió el pasillo con toda la velocidad que podían proporcionarle sus piernas. Al llegar al final del mismo, sin dudarlo un solo instante, se abalanzó contra el ventanal que lo separaba de la calle. Con un sonoro chasquido, éste reventó bajo el impacto de su físico, creando un millar de fragmentos iridiscentes. Batman levantó la diestra y disparó la pistola: el arpón, unido a una larga cuerda, salió despedido hacia el edificio de enfrente, hundiéndose en la pared de cemento. El Señor de la Noche se elevó hacia las alturas de Gotham: la rapidez de la ascensión le puso el estómago en la garganta. Al llegar arriba, el traje negro se recortó entre las gárgolas de diseño medieval que decoraban la fachada del rascacielos: una sombra aterradora entre imágenes demoniacas. Abajo, a medio kilómetro de distancia, la furgoneta que los ladrones habían utilizado para huir avanzaba hacia el norte. Decidido, Batman cruzó el saliente de un extremo a otro, sin perder de vista a sus adversarios. De un poderoso brinco, salvó el espacio que lo separaba entre dos bloques de oficinas, aterrizando en una azotea vacía. Enervado por la furia, traspasó el tejado, esquivando los condensadores eléctricos que atestaban lo altos del edificio. Al llegar al borde del rascacielos, comprobó el trayecto que lo separaba del vehículo; con un poco de suerte, si sus cálculos resultaban exactos, podría alcanzarlo antes de que estuvieran fuera de su alcance. El Caballero Oscuro se lanzó en picado hacia el vacío. La capa chasqueó y se tornó rígida, permitiéndole planear sobre la avenida mal iluminada. En el aire, suspendido a gran altura, se deslizó como una cuchillada entre las sombras. Poco a poco, con una coordinación sobrehumana, fruto de largos años de adiestramiento, fue ganando terreno a sus enemigos. El viento gélido y cortante de la madrugada le causó un escalofrío de placer: nada le gustaba más que cazar a sus oponentes. Cuando estuvo encima de la furgoneta, Batman encogió los brazos y frenó su descenso: el brusco aterrizaje aplastó el techo del vehículo. De inmediato, se agarró donde pudo y giró su cuerpo en un ángulo de ciento ochenta grados: la capa se deslizó sobre el parabrisas y ocultó la visión de la calle al individuo que estaba al volante. La furgoneta pegó un bandazo y estuvo cerca de subir a la acera. Tal como esperaba, los ladrones abrieron fuego: la salva de plomo le acarició el costado derecho. El Señor de la Noche rechinó los dientes de dolor: uno de los proyectiles le había rozado la cadera. El vehículo perdió el control y salió disparado contra un edificio. Antes de que chocara, en el último segundo, Batman abandonó su posición y rodó sobre el alquitrán para absorber la caída. La furgoneta se estampó contra la pared con un sonido de metal triturado y vidrios rotos. Colérico, se puso en pie y se aproximó al vehículo; una nube de humo salía del capot hundido. A través de la ventanilla rota, divisó las siluetas de los enmascarados, magulladas y ensangrentadas, intentando sobreponerse de las heridas que la colisión había causado. De un puñetazo, fragmentó el cristal y sacó al líder de la banda a la calle.

—¡No! —aulló el hombretón—. ¡Piedad!

El Caballero Negro le rompió el brazo por tres sitios distintos: aquel individuo quedaría lisiado de por vida. Después, ignorando sus gritos de dolor, le estalló la cabeza contra el lateral de la furgoneta, dejándolo sin conocimiento. Los ladrones restantes salieron por piernas del vehículo, aterrorizados, al contemplar la figura sombría que había derrotado a su jefe. Batman arrojó un batarang al conductor. El arma destelló en el aire y le perforó la cara posterior de la rodilla. El ladrón lanzó un berrido de sufrimiento y se derrumbó como un saco, desgarrándose las palmas de las manos contra el suelo. La sombra del Señor de la Noche cubrió al herido. De tres brutales sacudidas, lo dejó hecho papilla, convertido en un despojo sin dientes. Dentro de varios meses, cuando saliera de rehabilitación, tendría que utilizar dentadura postiza para poder alimentarse. El último enmascarado corrió hacia una calle situada a su izquierda, luchando por poner distancia entre su persona y la criatura que había aniquilado a sus compañeros. Batman siguió sus huellas, ganando terreno por segundos, sin hacer caso de las miradas curiosas y asustadas de los vecinos. Jadeando, el ladrón miró hacia atrás, buscando con la punta de la ametralladora a su oponente. La entrada del callejón, lleno de periódicos sucios y bolsas de basuras destripadas, estaba vacía. Empapado de sudor, se detuvo para tomar aire. El corazón le golpeaba las costillas y la bilis pastosa se le agolpaba en la garganta. En toda una existencia de crímenes y fechorías jamás había experimentado un horror semejante: estaba a punto de venirse abajo.

—¿Dónde estás? —exclamó—. ¡Da la cara, hijo de puta!

Una voz ronca surgió de la oscuridad:

—Tus colegas han caído —gruñó—. Si sueltas el arma no te partiré las piernas.

El enmascarado lanzó una descarga hacia la derecha. Los proyectiles picotearon la pared: allí no había nadie. Una risotada maliciosa, carente de todo humor, sonó detrás de su espalda:

—¿Crees que te lo voy a poner tan fácil, escoria?

El ladrón volvió a abrir fuego. Nuevamente, sus balas fueron inútiles; parecía que se enfrentaba a un fantasma. Aquel ser estaba en todas partes y en ninguna.

—¿Dónde aprendiste a disparar? —se burló su invisible interlocutor—. ¿En una feria de tiro?

El enmascarado perdió los nervios.

—¡Vamos! —gritó mientras agotaba el tambor— ¡Te estoy esperando!

El Caballero Oscuro, al comprobar que su adversario estaba sin munición, saltó desde unas escaleras de emergencia situadas encima del mismo. El ladrón, al notar una sombra sobre su cabeza, apretó el gatillo del arma vacía. Batman le golpeó el esternón con ambos pies: la violencia de la patada lo hizo volar por los aires y derribar unos bidones de basura. Tosiendo sangre, el enmascarado se llevó las manos al pecho; el impacto le había hundido varias costillas en los pulmones. Sin misericordia, el Señor de la Noche lo remató de un talonazo: aquella escoria había recibido su merecido, ni más ni menos.


Entonces, cuando la cacería hubo terminado, se dio cuenta donde estaba. Una punzada de dolor le atravesó el corazón. Las piernas le flaquearon y la angustia le apretó las entrañas. Con la mirada borrosa, derrotado por una horrible depresión, vislumbró una placa oxidada en la pared: Crime Alley. Batman sintió ganas de vomitar. Sin desearlo, impulsado por la sed de justicia, había llegado al callejón donde fueron asesinados sus padres. Los recuerdos invadieron su memoria: aún podía verlos postrados antes sus pies, inertes, hechos pedazos por los proyectiles. Lágrimas ardientes le descendieron por la máscara: volvía a ser el niño desamparado y traumatizado de antaño. A escasos metros, en un rincón cubierto de graffitis, su vida había muerto para siempre. El sufrimiento lo derrumbó de rodillas y le hizo llevarse las manos al cráneo: tenía la impresión de que le habían arrancado el alma del cuerpo. Jamás sería libre de aquella carga, ésta lo atormentaría para siempre, era el precio que tenía que pagar por haber sobrevivido. Finalmente, cuando las náuseas rompieron su autocontrol, el Caballero Oscuro estalló en sollozos desgarradores…


FIN


Alexis Brito Delgado


26.2.09

LA DISCIPLINA DEL ACERO - RELATO CONAN


El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

Nietzsche


I

EL RETUMBAR DE LOS TAMBORES

El manto de la noche, oscuro y tenebroso, estaba colmado de malos presagios. Desde el cielo cubierto por negras nubes, la luna llena arrojaba sus haces fantasmales sobre la foresta, iluminando los árboles retorcidos. El sonido de los tambores de guerra arreció, se extendió por el claro, y llenó los confines del bosque que se desvanecía en la madrugada. Figuras musculosas, pintarrajeadas con los dibujos propios del Clan de las Águilas, bailaban delante de una enorme hoguera. Las llamas oscilantes irradiaban sus cuerpos semidesnudos, ataviados con taparrabos, de miembros menudos y poderosos, propios de las tribus salvajes que habitaban al oeste del río Trueno. Un clamor colectivo desgarró la tranquilidad de la espesura, recorrió los caminos ocultos que conducían al poblado, e hizo que los animales de los alrededores regresaran a la seguridad de sus madrigueras.

En una de las casetas, tumbado en el suelo, con las manos y los pies atados con recias cuerdas, una imponente figura se debatía contra los nudos que lo separaban de la libertad. A diferencia de los individuos que danzaban en el exterior, el prisionero era un hombre gigantesco. Su complexión fornida, propia de las tierras del norte, le hubiera hecho destacar entre cualquier multitud. Tenía el cuerpo cubierto de arañazos, suciedad y moretones, frutos del combate que había librado con sus captores, antes de caer derrotado bajo la aplastante superioridad numérica. Una maldición escapó de sus labios: sus enemigos lo habían atado a conciencia; necesitaría un milagro para conseguir escapar. En su rostro moreno, lleno de pequeñas cicatrices, encuadrado por una larga melena negra, dos ojos azules brillaron con una rabia monstruosa.

El cimmerio cerró los párpados, inhaló una bocanada de aire, relajó sus nervios tensos, y prestó atención a los gritos ensordecedores que llegaban desde afuera. Sus gruesas muñecas y tobillos estaban en carne viva por la presión de las ligaduras. Una gota de sudor descendió por su mejilla y aterrizó sobre el amplio pecho: sabía que los pictos no tardarían en sacrificarlo a sus tenebrosos dioses. Desesperado, recorrió con la mirada los confines de la tienda, buscando la manera de huir; pero las paredes de piel de ciervo no le ofrecían ninguna alternativa. Con la espalda dolorida por la incómoda postura, rodó hacia un lado y quedó boca arriba, apoyando los hombros en el poste central que levantaba el techo. El rugido ensordecedor de los timbales taladró sus oídos. La tierra temblaba bajo el ritmo palpitante. Los pájaros abandonaron las copas de los árboles. La negrura que lo envolvía parecía crecer por segundos. Aullidos sedientos de sangre elevaron promesas de muerte hacia el firmamento tachonado de estrellas.

El bárbaro maldijo su suerte, había caído en manos de los pictos como un estúpido, su temeridad habitual lo había arrastrado a aquella desesperada situación. La idea de perecer nunca le había importado, pero hacerlo sin un arma en las manos, inmovilizado e indefenso, lo encolerizaba de forma insoportable. Una expresión amenazadora torció sus rasgos: antes de llegar al Infierno se llevaría por delante a todos los salvajes que pudiera. A pesar de la cacofonía y el fuerte acento de sus adversarios, común en las tierras que se extendían desde Aquilonia, a través de los Yermos Pictos, hasta el distante Mar Septentrional, logró distinguir algunas palabras sueltas.

—¡Ha llegado la hora! —ordenó una voz familiar—. ¡Traed al extranjero!

La sonrisa sombría del cimmerio hubiera hecho retroceder a sus oponentes. Había reconocido el timbre inconfundible del jefe de la tribu; un demonio de facciones bestiales engalanado con plumas de águila, cruel y enfermizo como todos los de su raza. Un odio visceral, acunado durante miles de generaciones, prendió su alma. Su funesto destino quedó apartado por el momento: tenía que liquidar a aquel engendro de la naturaleza fuera como fuese.


II

ADVERSARIOS ANCESTRALES

Involuntariamente, anheló recuperar los atavíos personales que el enemigo le había arrebatado: el asco astado conseguido en Vanaheim, la cota de malla adquirida en Argos y la espada de doble puño comprada en Zamora. Irritado, observó su anatomía cubierta por una faldilla de cuero destrozada: desarmado como se encontraba poco podía hacer. El aroma de la leña quemada penetró en la tienda, le impregnó las fosas nasales y lo obligó a toser. El sonido de unos pasos felinos lo pusieron alerta mientras una sombra avanzaba. Al instante, un picto abría la apertura de la caseta y entraba con movimientos cautelosos. El bárbaro estudió desde abajo la figura enjuta, armada con un hacha y un cuchillo, que lo contemplaba como si fuera una especie de animal exótico. Un silencio pesado y perturbador flotó entre ambos hombres, enemigos ancestrales por naturaleza, cuyos antepasados habían luchado innumerables veces, vencidos por un barbarismo primigenio que llegaba hasta el presente. Ninguno de los dos tenía nada que ver con la civilización, eran individuos criados por la dureza de los elementos, fuertes e indómitos como los bosques que circundaban la aldea. El salvaje tomó la palabra:

—Voy a soltarte las piernas —dijo mientras le enseñaba el puñal afilado con una mueca torva—. Como intentes hacer algo te arrancaré las entrañas.

El cimmerio no se molestó en replicar:

—Debería sacarte los ojos —gruñó el picto—. Casi acabas conmigo cuando te capturamos.

Con un movimiento brusco, su enemigo deslizó la larga hoja entre los pies del bárbaro, de abajo arriba, y comenzó a cortar las ligaduras.

—No dices nada, ¿eh?

Conan masculló con desprecio:

—Vete al diablo.

El salvaje soltó una risotada desagradable.

—No tendrás tantas agallas cuando te hayamos despellejado vivo, ¡perro!

La musculatura del cimmerio tembló de cólera.

—¿Perro? —rezongó—. ¡Debería haberte destripado cuando tuve la oportunidad!

El picto dividió las ataduras de un tirón: las piernas del bárbaro estaban libres. Acto seguido, con un movimiento imposible de seguir con la vista, clavó el cuchillo, profundamente, en el brazo izquierdo de su cautivo. Conan lanzó un gemido e intentó golpear a su adversario con la cabeza, pero el salvaje era demasiado rápido, se apartó esquivando la acometida y bufó desdeñoso:

—Eres tan blando como los colonos que vivían en las afueras del fuerte Tusce…

La patada del bárbaro lo dejó sin aire en los pulmones. En su arrogancia, había olvidado lo peligroso que Conan podía llegar a ser; un error que muchos hombres no tuvieron la oportunidad de cometer dos veces. Como un tigre hambriento, el cimmerio se puso en pie de un salto, embistió con la cabeza por delante, y hundió la frente en la cara de su rival. El picto se derrumbó de espaldas, pesadamente, con la nariz fracturada, lanzando una blasfemia en su gutural idioma. Justo en el momento que tocaba el suelo, el bárbaro le aplastó el cuello con el pie desnudo, destrozándole la garganta. Su adversario emitió un estertor y escupió un borbotón escarlata por la boca, expirando con horribles contracciones, asfixiado por su propia sangre. Conan escupió despectivamente sobre el cadáver.

—Arde en el Infierno, bastardo.

Sin transición, se inclinó en cuclillas, agarró el cuchillo que prendía de la mano inerte, y con gran esfuerzo, logró volver la hoja y aplicarla sobre sus muñecas. El puñal cortó las cuerdas a gran velocidad, rasgando su carne, detalle que no le importó en absoluto; estaba acostumbrado a resistir el dolor. Al librarse de las ligaduras flexionó los dedos amoratados: volvía a ser un hombre libre.

Conan esbozó una sonrisa satisfecha, agarró el hacha que colgaba de la cintura del muerto con la siniestra, apretó el cuchillo con la diestra, se aproximó a la entrada de la caseta y echó una ojeada al poblado. Delante, a unos cuarenta metros de distancia, los trazos dorado-rojizos de las llamas ondulaban en las tinieblas, formando lúgubres claroscuros en todas las direcciones. La impresión de maldad que emanaba de los pictos le puso la carne de gallina. De inmediato, su mente trazó un plan de escape, tenía una oportunidad, sino la aprovechaba se convertiría en un cadáver. El bárbaro examinó la empalizada, la disposición de los salvajes, la entrada del poblado, y los vigías situados en la penumbra: ahora o nunca.


III

LANZAS ROJAS

Silenciosamente, emergió de la tienda, corrió hacia la derecha y se ocultó detrás de unos matorrales. Expectante, aferró sus armas, con el cuerpo fríamente en tensión, preparado para saltar en cualquier instante. Un picto pasó a su lado, armado con una larga lanza de punta de pedernal, inconsciente del peligro que corría. El cimmerio se inclinó todo lo que pudo, pegando el cuerpo al suelo, fundiéndose con la negrura. El centinela continuó adelante, escapando de una muerte segura, desvaneciéndose en las tinieblas. Aliviado, Conan efectuó una corta carrera, avanzando con la agilidad de un leopardo, sin emitir el menor sonido. Detrás de su espalda, los alaridos de sus enemigos cambiaron de tono, traspasando el claro de un extremo a otro. El bárbaro apretó el paso, parecía que habían descubierto al individuo que había matado; los pictos no tardarían en salir detrás de su rastro. No tenía tiempo de tomar precauciones, aunque quisiera no podría pasar todo lo inadvertido que hubiera querido, su vida dependía de la velocidad de sus piernas. Rápidamente, se dirigió al pie de la empalizada, listo para matar o morir. Una figura indistinta se interpuso delante de su camino.

—¡Lo he encontrado! —exclamó—. ¡Está aquí!

El salvaje descargó el hacha sobre la cabeza del cimmerio. Éste se contorsionó en el aire y sus músculos brillaron bajo la luz de la luna llena, esquivando el filo de cobre que le arrancó un puñado de cabellos. Acto seguido, abrió la cara de su oponente con el puñal, trazando una estela carmesí que salpicó los herbazales. El picto lanzó un aullido de sufrimiento, soltó el arma en un acto reflejo y se llevó las manos al rostro, reculando a trompicones. Conan alzó la zurda y dividió su cráneo hasta los dientes: sesos, huesos y sangre brincaron de la espantosa herida. Asqueado, apartó el cadáver de una patada, se volvió como un lobo acorralado, y se dispuso a vender cara su piel. Una lanza cruzó el aire sobrecargado de la madrugada buscando su pecho. El bárbaro se inclinó a la derecha, soslayó el arma, y resistió la acometida de su adversario. Ambos chocaron en el aire, el cimmerio apartó el puñal con el antebrazo y enterró su hoja en el esternón del picto. Agónico, el hombre le arañó la cara: sus facciones cubiertas de cicatrices se contorsionaron en una mueca asesina. Los dientes podridos buscaron su garganta, pero el cimmerio le agarró el cuello, le apartó la cabeza y clavó el cuchillo en el vientre de su enemigo. Un espasmo recorrió la fisonomía del hombre, la fuerza de los brazos cedió y un brillo de reconocimiento resplandeció en sus pupilas: el miedo ante la cercanía de la muerte había hecho mella en su espíritu. Irritado, Conan sacó el puñal, volvió a hundirlo en la carne temblorosa y destripó al salvaje: las entrañas, rojas y azuladas, se esparcieron ante sus pies. Todo había sucedido en unos segundos: los pictos abandonaron la hoguera y corrieron hacia el bárbaro, aullando como lobos. El cimmerio lanzó una carcajada maliciosa, dió la media vuelta, y salió disparado hacia la entrada de la aldea. Flechas de penachos oscuros llovieron a su alrededor, picoteando sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Antes de que se diera cuenta, llegó a la empalizada, tomó impulso, y efectuó un prodigioso salto hacia el borde superior de la misma. A pesar del peligro que corría, el orgullo controló sus acciones y lo obligó a bramar, burlonamente, en el idioma del Clan del Águila:

—¡Adelante, perros! ¡Os estoy esperando!

Acto seguido, abandonó su posición y aterrizó entre los matorrales. Una docena de saetas se clavaron en el lugar dónde había estado unos segundos antes. El bárbaro asimiló el impacto del aterrizaje, rodó entre los arbustos espinosos y corrió hacia los árboles. Atrás, una horda enloquecida de figuras pintadas emergía del interior de la aldea, vociferando como posesos, con la intención de vengar a sus hermanos caídos. Conan se introdujo entre la espesura y sorteó los tocones muertos y las depresiones del terreno traicionero, ignorando los brezos y las ramas bajas que le arañaban la cara; la caza implacable había empezado.


IV

LA DISCIPLINA DEL ACERO

El avance desesperado del cimmerio, a través de la profundidad del bosque, lo arrastró hacia el oeste. Con los dientes apretados, pasó por alto el hambre y la sed, mientras intentaba mantener un paso uniforme. Gracias a su coordinación y agilidad innatas, Conan apenas dejó huellas que pudieran delatar su rumbo; de hacerlo, sus oponentes no tardarían en encontrar su rastro por la mañana. Por amarga experiencia, sabía que los pictos no cesarían de perseguirlo hasta lograr clavar su cabeza en la punta de una lanza; un destino que no estaba dispuesto a correr de ninguna manera. El bárbaro, descendió las lomas achaparradas y alcanzó un valle de paredes abruptas. El espejismo lunar irradiaba las rocas afiladas y los matorrales muertos. Una sensación de malevolencia flotaba en el aire frío de la madrugada. Sus instintos le advirtieron de que en aquel lugar había muerto gente; los colonos siempre decían que las tierras ribereñas situadas cerca del río Trueno eran la morada de los diablos de los cenagales. El cimmerio hizo caso omiso a sus miedos y bajó una ladera empinada a grandes trancos; podía escuchar los movimientos de la avanzadilla picta que le pisaba los talones, a escasa distancia.

El bárbaro se ocultó detrás de un árbol y se dispuso a entablar combate. La luz mortecina de las estrellas reveló a los cinco hombres que corrían en su dirección. Entre ellos, distinguió al jefe de la tribu; su tocado de plumas de avestruz lo convertían en un blanco fácil. Cuando estuvieron a su altura, Conan arrojó el hacha, que frenó la carrera del cabecilla del grupo en seco. El líder de los salvajes, soltó un aullido póstumo y pereció en el acto, con la caja torácica abierta en dos; las deudas estaban saldadas. Inmediatamente, saltó hacia los supervivientes empuñando el cuchillo; una promesa de muerte ardía en sus ojos acerados por la furia. En la oscuridad, más allá de cualquier asentamiento civilizado, en lo profundo de la espesura innominada, el cimmerio se enfrentó a sus oponentes, con una energía nacida de la desesperación.

Conan hundió el cuchillo, en el pecho del salvaje más próximo. Acto seguido, brincó hacia atrás, esquivando un hacha que estuvo a punto de arrancarle la cabeza. Con una mirada torva, recuperó terreno y movió el arma a ambos lados, manteniendo a raya a los pictos. Sus tres enemigos giraron en círculos, buscando un punto débil en la guardia del cimmerio, ansiosos por derramar la sangre del individuo que se había atrevido a eliminar a su líder. En aquel momento, una figura negra saltó entre los árboles y atacó a los pictos. Éstos lanzaron un chillido de pánico, al descubrir al nuevo rival que había surgido entre las tinieblas. El bárbaro vislumbró el cráneo triangular, los colmillos puntiagudos, las garras afiladas, y el pelaje color azabache: era una pantera de los bosques. Con un rugido ensordecedor, el animal embistió a un salvaje y desparramó sus entrañas sobre la hierba pisoteada. Al instante, otro cayó por tierra con el cráneo atravesado por los dientes de la bestia: el sonido de los huesos quebrados ahogó el lamento quejumbroso del picto. Aterrorizado, el último soltó el arma y escapó del lugar como alma que lleva el diablo, perdiéndose por donde había venido. Conan no tuvo tiempo de sentir ninguna satisfacción, el animal se volvió con las fauces manchadas de sangre, extendiendo las garras en actitud amenazadora. Las miradas de ambos se encontraron, hombre contra bestia, en el aire glacial de la madrugada. Tenso, el cimmerio mantuvo su posición, sin perder un ápice de terreno. Si la pantera percibía cualquier duda se abalanzaría sobre su persona; al fin y al cabo estaba defendiendo su territorio.

Lentamente, el animal se replegó con un gruñido y se desvaneció en las sombras; el bárbaro había triunfando ante la primitiva inteligencia de la bestia. Conan soltó un suspiro, se vendó el brazo herido lo mejor que pudo con las ropas de los cadáveres y recuperó el hacha: Crom siempre era justo con aquellos que luchaban por su existencia.


EPÍLOGO

Cuando el sol comenzó a despuntar sobre los árboles, una claridad lechosa invadió la espesura, prendiendo los ángulos tenebrosos del bosque. El bárbaro se detuvo para recobrar el aliento y echó un vistazo hacia atrás: sabía que los pictos no habían cesado de perseguirlo. Involuntariamente, comprobó que su paso apenas había marcado huellas en la hierba húmeda. Una simple rama rota sería fatal; los miembros del Clan de las Águilas eran los mejores rastreadores que habitaban en aquella tierra mortífera. Con una determinación nacida de la supervivencia más elemental, Conan volvió al camino; le quedaba mucha distancia para alcanzar el océano…

FIN

Alexis Brito Delgado

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9.2.09

JUEZ DREDD - RELATO - ALEXIS BRITO - 2ª PARTE


Primera parte aquí.

3


UNDERCITY
Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó detrás de su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado el equipo de la jornada anterior como refuerzo. El Juez apretó los labios, prefería trabajar solo, sus camaradas eran un estorbo. Hershey pareció adivinar sus pensamientos.

—¿Disfrutas con la compañía, Dredd?

Éste no se molestó en responder.

—Tened los ojos bien abiertos —rezongó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.


Involuntariamente, acarició la culata de la pistola y estudió la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios deteriorados, neones destruidos, vehículos desmantelados y parques moribundos. Después de la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York, las tasas de delincuencia, paro, enfermedades y pobreza habían llegado a un límite insoportable; fue preferible hacer borrón y cuenta nueva. A kilómetros de altura, encima de una capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba que debajo de la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.


Uno de los novatos preguntó.

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno:

—Evitando las preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —admitió Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló.

—Intuición.

Wagner tomó el relevo de su camarada.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió en su dirección.

—¡Cierre el pico, novato!


Dredd escogió la calle 42. Los faros de la motocicleta alumbraron los rascacielos cancerosos mientras pasaba la plaza Times Square y enfilaba la Avenida Broadway. Sus compañeros lo siguieron sin decir nada, la fama irascible de Dredd era legendaria en el departamento, no les quedaba más remedio que obedecer a su superior, por poco ortodoxos que fueran sus métodos. Hershey añadió:

—El radar indica movimiento al norte, Dredd.

Éste asintió.

—Ya lo sé.


Preocupado, Dredd recordó la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Esperaba que la información que el carterista le había proporcionado fuera verídica.


—Hola, Dredd.

El Juez fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una brizna de polvo imaginario de su Versace de cremalleras.

—Esto no será tan fácil, Dredd.

Este le agarró por las solapas, impaciente.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos en son de paz.

—¡Tranquilo, JD! —instó—. ¡Estás demasiado tenso!

Dredd gruñó.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo tú también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He escuchado rumores...

—¡Escúpelos!

Max se arregló las puntas del bigote.

—Los mendigos de Undercity están acojonados.

—¿Por qué?

—Hablan de una criatura diabólica, de un devorador de almas y no sé cuantas chorradas más... ¿Podría ser tu hombre?

El Juez se acarició la mandíbula cuadrada.

—¿Estás seguro de lo que dices, Max?

Normal se encogió de hombros.

—Al principio pasé del tema. Pensé que se trataba de una Leyenda Urbana. Pero cuando dijiste lo de “un demonio salido del Infierno” recapacité. Es posible que algo de toda esta historia de miedo sea verdad.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa —argumentó—. ¿Por dónde puedo empezar?

Max jugueteó con su bastón de plata y ébano.

—Prueba en Times Square.

—¿Estás seguro?

—Es la mejor opción de todas.

El Juez subió a la “Ley Maestra”.

—Como me hayas mentido volveré a buscarte, Max.

Normal agitó una mano, indiferente:

—Ya me conozco el patio, JD. Código 189: Engañar a un Juez. Cinco años en el “Cubo”.

Dredd ladeó la cabeza:

—Te equivocas, Max, ahora son veinte años.

Max no se dio por aludido.

—Suerte, Dredd.

Como era lógico, no deseaba darle explicaciones a nadie; le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para encontrar la pista del Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a bajar a las catacumbas de la ciudad, tuvo que recurrir al reglamento, de lo contrario nunca los hubiera convencido. Los tiempos cambiaban vertiginosamente, los Jueces de su promoción desaparecieron hacía años, ahora las calles estaban llenas de advenedizos recién licenciados; lo ideal para que la Orden se viniera abajo, derrumbada por la incompetencia de sus nuevos soldados. Dredd sacudió la cabeza, no debía perder el tiempo con aquellos pensamientos; la misión encargada por el Juez Supremo era prioritaria, el resto carecía de sentido.


Al doblar la esquina, una visión de pesadilla apretó sus entrañas: un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con expresiones angustiadas en los rostros desencajados, aniquilados de la manera más horrible posible. Un espasmo de rabia recorrió sus miembros, mataría a Muerte fuera como fuera, aquello era algo personal, sobreviviría el mejor de ambos. Hershey detuvo la motocicleta.

—¡Drokk! —musitó—. Muerte ha perdido la cabeza.

Los novatos palidecieron.

—Vigilad vuestra espalda —indicó Dredd—. Nuestro objetivo puede estar en cualquier parte.

Indiferente, echó una mirada superficial a los cuerpos: eran los desechos que habitaban debajo de Mega-City Uno, nadie los extrañaría. El Juez Oscuro había realizado una buena limpieza. La “Ley Maestra” anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

De inmediato, el cuarteto se lanzó hacia delante y descargó las ametralladoras pesadas contra su oponente. Muerte brincó desde un apartamento vacío y esquivó los proyectiles de plasma. Las detonaciones pasaron por encima de su cabeza y destrozaron la fachada del edificio.

—He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró el Juez Oscuro—. La Ley ddde la Muerte...

Los novatos perdieron el control de sus actos.

—¡Cuidado! —gritó Dredd—. ¡No permitáis que os toque!

Fue demasiado tarde, la diestra de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrebatándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

El Juez descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica del Departamento.

—¡Cubridme! —ordenó—. ¡Lo enviaré al Infierno!

Sus compañeros utilizaron balas incendiarias, una pared de fuego encerró a Muerte y lo aisló dentro de un círculo letal. Muerte bramó:

—¡Acabaré con vosotross! —amenazó—. ¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd apretó el gatillo, una esfera plateada surgió del cañón del arma y golpeó al Juez Oscuro, abriendo una puerta que conectaba con la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! —vociferó Dredd—. ¡Rápido!

Una corriente de aire lo impulsó hacia su oponente, arrastrándolo al vórtice del tornado con una fuerza centrifugadora irresistible. Hershey perdió el equilibrio y su cuerpo salió despedido del vehículo, deslizándose sobre la acera barrida por el viento.

—¡JD! —suplicó—. ¡Ayúdame!

Wagner sufrió el mismo destino que su compañera: su anatomía voló de la motocicleta y aterrizó a los pies del Juez Muerte. El novato levantó las manos, un grito estremecedor fue su epitafio, antes que su enemigo lo tomara entre sus corruptos brazos. Dredd sacó el Legislador de la funda, sólo tenía una oportunidad, si fallaba su némesis terminaría con todos.

—Granada.

La explosión precipitó al Juez Oscuro dentro del portal. Su figura se desvaneció en la oscuridad a cámara lenta, desapareció del mundo real y se convirtió en un diminuto punto que clamaba desde la lejanía:

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!...

Dredd volvió a disparar: el estampido selló la puerta del inframundo de donde procedía la criatura. Un apestoso olor a azufre flotó en el aire durante unos segundos, después la niebla azulada se difuminó: la Ley había vencido. Con cierta brusquedad, auxilió a la mujer a ponerse en pie.

—Todo ha terminado, Juez Hershey.

Su camarada observó los cuerpos inertes de los novatos.

—Una pena —lamentó—. Ni siquiera se habían graduado.

Dredd fue implacable:

—Sabían a lo que se atenían —respondió—. Han muerto por una causa justa.

Su compañera se colocó el casco, hastiada.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

El Juez Dredd enfundó la pistola.

—Lo único que me importa es la Ley.

FIN

Alexis Brito Delgado




BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

7.2.09

JUEZ DREDD - RELATO - ALEXIS BRITO - 1ª PARTE

NÉMESIS


However much it hurts

However much it takes

Believe and all your dreams will all come true

However hard it gets

However much it aches

Always believe in me

As I believe in you...


The Cure

1

SECTOR 44


La “Ley Maestra” descendió el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor rugió, mientras el vehículo recorría la plataforma que se perdía entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los Bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las 600 plantas del Museo Mega City se recortaban bajo el cielo ensombrecido. Dredd apretó el acelerador. A su diestra, un panel retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de los jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo de juego no le interesaban en absoluto.


Anochecía, La Fiebre de la Noche del Domingo llegaba a su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razzias y millones de incidentes más, que serían el preludio de una semana colmada de delitos. Dredd estaba preparado para afrontar cualquier crimen. La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:


Arrestos de Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores: 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención, todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca, posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades...


Dredd recordó los datos aprendidos en la academia. Sector 44. Apodo: El centro. Superficie: 32. 000 km2. Habitantes: 50.000.000. Densidad de Población: 156.000 personas por km2. Niveles: 100. La Hora Feliz (tal como la definían los Jueces) había llegado: era el momento de volver a casa, olvidar la jornada, y tomar un merecido descanso. La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo, pero aquella calma no le gustaba, intuía que tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.


Dredd llevaba 48 horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia continuaba de servicio. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En aquel instante, se encontraba fresco, atento y relajado: su cuerpo demandaba acción. Control hizo una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez contestó secamente:

—Recibido.


La “Ley Maestra” giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció y ocupó su campo visual. Metódico, el Juez revisó la información de que disponía: una pantalla iluminó el tablero de mandos del vehículo.


Sujeto: James Reed.

Nacido: 3 de Septiembre del 2074. Mega-City Dos.

Edad: 36.

Estatura: 178 cm.

Peso: 85 Kg.

Características distintivas: Numerosas.

Intervenciones biónicas:

2.097: Trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo.

2.101: Injerto toma de datos en la mejilla derecha.

2.106: Brazo izquierdo, sustitución robótica.

Profesión: Programador Informático.

Dirección: Apt. 4.567B. Bloque Elvis Presley.

Diez minutos más tarde, Dredd aparcó fuera del edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación que ascendía por la carretera aglomerada. De inmediato, llamó al departamento; no tenía tiempo de ocuparse de aquella cuestión personalmente.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado delante del Bloque Elvis Presley. Matrícula: 3.478. Violación Código 88. Seis meses de rehabilitación en el “Cubo” para su propietario.

Control respondió:

—De acuerdo, Dredd.

Con grandes pasos, penetró en el lujoso hall del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del Siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes. Dredd torció los labios. El uniforme negro de los Jueces se amoldaba a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. Sobre el muslo derecho, su Legislador destellaba en la funda de cuero, preparado para ser utilizado en cualquier momento. Un recepcionista lo abordó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba de miedo ante su presencia.

—En su vivienda, apartamento 4.56...

El Juez lo interrumpió.

—Gracias por su colaboración, Ciudadano.


Rápidamente, se aproximó al ascensor más próximo, oscilando los hombros con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115. Al llegar arriba, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo pintado de color azul se perdía de izquierda a derecha. Dredd eligió la primera opción, sus botas quebraron la quietud de la noche y levantaron ecos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, el rascacielos estaba demasiado silencioso, aquello no era normal, menos cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión. Dredd dudó, su sexto sentido nunca fallaba, tentado en pedir refuerzos. El orgullo se lo impidió, resolvería el caso solo; un suicida no era nada para un Juez de su categoría. Estaba delante del apartamento. De una patada, arrancó la puerta de los goznes, irrumpiendo en la vivienda con el índice en el gatillo del arma. Su exclamación hizo temblar las paredes:

—¡Alto en Nombre de la Ley!



2


JUEZ MUERTE

Dredd recorrió su entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía en pie sobre la cornisa de cemento: el viento agitaba sus cabellos rubios.

—¡James Reed! —bramó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido, y contestó con voz lastimera:

—No se acerque, Juez Dredd.

Dredd atravesó el salón, sin dejar de apuntar a su objetivo, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato si no quiere terminar en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo apunto de caer al escuchar el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

El Juez decidió seguirle el juego, debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Su objetivo vaciló durante unos segundos.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque El Juez Muerte me lo ha dicho!


Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd: una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó a un lado, esquivando el ataque enemigo. Una sombra alargada cubrió la estancia y absorbió la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas, y la placa con forma de calavera. El hedor a carne podrida lo mareó y una arcada recorrió su estómago; jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente. La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

—Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin producirle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd dispuesto a absorber su energía vital.

—No puedesss matarme, Dredd.

Éste retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte sorteó el proyectil. La detonación prendió la pared, las llamas se propagaron y levantaron una cortina dorado- rrojiza. La alarma antiincendios empezó a ulular.

—Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—.

Eress culpable de infringir mi Jussticia...

Los dientes de Dredd chirriaron.

—¡Hablas demasiado, perro!

Dredd intentó abatirlo, pero su oponente se movió con diabólica rapidez, propinándole un manotazo que le quitó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo haciendo pedazos una mesa de cristal. El aliento vomitivo de su enemigo llenó sus fosas nasales. Trozos de vidrio se clavaron en su espalda. La frialdad de la Otra Dimensión penetró en sus entrañas. Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal de la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó, el fuego lo desorientaba, inmune al dolor o al sufrimiento. Dredd aprovechó la oportunidad. Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario: la rejilla del casco quedó aplastada contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes mortales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula. Muerte retrocedió ante la violencia de las embestidas, furioso, con los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos:

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue terrible. Muerte atravesó la pared y se estalló contra el pasillo, abriendo un boquete; pedazos de yeso llovieron sobre su figura. Dredd se volvió, traspasó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, Ciudadano.

Su objetivo tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor...

Dredd no tenía tiempo de escucharlo. A empujones, sacó a Reed de la vivienda, evitando las llamas en el último segundo. Luego, arrojó a su objetivo a un lado y buscó a Muerte con el Legislador alzado. Su adversario había desaparecido sin dejar rastro.


Tres compañeros aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Éste enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado acabar conmigo.

El trío se agitó.

—¡Mierda! —gruño Hershey—. ¡Lo que nos faltaba!

Dredd inquirió con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le resultaba molesto.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su actitud no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —preguntó—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

La mujer no se molestó en ocultar su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no prestó atención a su compañera.

—¡Levántese, Reed!

Su objetivo se incorporó.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico:

—Le ha tocado el diez, amigo.

El hombre se estremeció.

—¿Diez años? —gimió—. ¿Por qué?

La poderosa figura del Juez cubrió a Reed.

—Código 145: Colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Su objetivo no dudó un instante.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida capaz de helar la sangre en las venas.

—Sabía que diría eso.

Hizo una señal a los novatos.

—¡Leváoslo!




Alexis Brito Delgado

Continuará...

BATMAN 70 ANIVERSARIO PORTADAS

1.2.09

RELATOS: BATMAN - EMPIRE STATE


Autor: Diego Palacios Marxuach

La vida es dura. Dura y complicada. La mitad del tiempo te la pasas trabajando en una empresa de mala muerte, (siempre que tengas la suerte de trabajar), cobrando un sueldo miserable que a duras penas te sirve para cubrir el alquiler e ir tirando. Cero lujos en nuestro caso. Ni Emma ni yo podemos permitirnos ir al cine o salir a cenar fuera o irnos de vacaciones. Tan solo en ocasiones muy muy contadas "invertimos" en ilusión y jugamos cinco cupones de lotería. La última vez, decidimos no volver a jugar. Lo decidimos no por el sacrificio monetario, sino porque era mucha la ilusión depositada que acababa rota. El dinero tirado y largamente ahorrado esperando conseguir a cambio montañas de más dinero no dolía tanto como la frustración de los castillos en el aire venidos abajo en breves minutos. Por eso nos resignamos a no volver a jugar más. Era muy duro ver a Emma, mi vida, mi esposa, disimulando la decepción, conteniendo lágrimas de amargura para volver a nuestra gris y rutinaria vida.

Pero eso fue la última vez... La siguiente... ¡nos tocó! Cincuenta millones de dólares. Cincuenta millones de dólares y cincuenta millones menos de preocupaciones. Adiós a las privaciones, adiós al trabajo mal pagado, mal considerado y peor agradecido; adiós al alquiler, la luz, el gas... hola casa en zona residencial; adiós madrugones y ropa vieja y remendada, adiós a cenar las sobras de la comida; hola Lacoste, Armani, Dolce & Gabanna... y ¡hola, hola, hola, vida nueva!

Lo primero que Emma y yo hicimos, después obviamente de comprar la casa, un coche, la ropa, relojes y joyas, fue contratar un viaje a Nueva York. Ya, ya sé. Puede que no sea la gran escapada, pero era una de las mayores ilusiones de Emma y desde que vimos en la tele "Tú y yo", con Cary Grant y Deborah Kerr, la ilusión de subir algún día al Empire State se acrecentó tanto que se convirtió en obsesión, así que qué mejor momento que este.

Nunca habíamos visto tal bullicio de gente. Todo el mundo iba como loco a lo suyo, con prisas, buscando taxis, mirando el reloj, hablando por el móvil... Nada que ver con la tranquilidad de B..., en donde todo era más pequeño, más "familiar". Y nosotros ahí, en medio de todo el maremágnum de gente, parecíamos chinos con el dedo siempre a punto en el disparador de la cámara de fotos.

Por supuesto, visitamos el Empire State, subimos todo lo alto que nos dejaron, que no fue todo lo que queríamos, y gastamos carrete y medio haciendo fotos desde todos los ángulos, haciéndonoslas a nosotros y pidiendo a la gente que también nos hiciera. En esos momentos el mundo se nos hacía pequeño y además era nuestro.

Visitamos más lugares famosos, por supuesto (ya he dicho que parecíamos y actuábamos como los típicos turistas), pero a mí, lo que me impactó por encima de cualquier monumento, fue lo que nos sucedió de vuelta al hotel.

Era ya tarde, sobre las once menos cuarto de la noche, y nos habíamos perdido. En el mapa, al que habíamos estado haciendo caso todo el día, no aparecía nada de lo que estábamos viendo. Los edificios parecían antiguos, pero era sólo eso, apariencia. Se veía que eran modernos aunque de aspecto gótico. Dimos vueltas y más vueltas al mapa, pero no conseguíamos nada. Un coche de policía apareció de la nada, con las luces y las sirenas encendidas y desapareció de nuestra vista. Pude fijarme en las iniciales que portaba en el lateral: "GCPD". ¿GCPD? ¡Qué raro!, pensé. Debería llevar las siglas NYPD, Departamento de Policía de Nueva York. Recuerdo también que me invadió un ligero temor. No me gustaban esas calles y se lo dije a Emma.

- A mí tampoco. Si vemos un taxi lo cogemos y que nos lleve al hotel - me contestó.

Seguimos caminando mirando alternativamente al mapa, a la calle y buscando un taxi.

Pasamos delante de un callejón mal iluminado, pero lo que vi fue lo que me hizo agarrar del brazo a Emma para que ella también lo viera: había un hombre de espaldas, en cuclillas, con un abrigo bueno (muy bueno, se notaba) dejando algo en el suelo. Al levantarse pudimos atisbar dos rosas en el pavimento. El misterioso hombre se dio la vuelta y dirigió sus pasos hacia nosotros. Era alto, de constitución atlética, pero su semblante era triste y taciturno. Pareció no haberse dado cuenta de nuestra presencia, así que le abordé:

-Disculpe, señor. ¿Puede ayudarnos?

-¿Si?

-Verá, estamos buscando el Hotel Ambassador y no hay forma de encontrarlo en este mapa.

-¿El Ambassador?

-Sí.

-Ese hotel está en Nueva York.

-Sí, claro, por eso lo estamos buscando.

-Entonces deberían buscarlo en Nueva York.

-¿Pero qué dice? Ya estamos en Nueva York.

- No, señores, ustedes no están en Nueva York.

-¿Ah, no? ¿Y donde estamos entonces?

-En Gotham.

-¿Gotham? ¿Está usted loco? Gotham no existe, es una ciudad ficticia.

-Créanme que a menudo deseo que así fuera.

Y diciendo esto, se despidió de nosotros y le vimos subir a una limusina en la que le esperaba un hombre de edad ya algo avanzada.




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